miércoles, 29 de enero de 2020

Tierra II




Cada vez que te cruzo sos tan catastróficamente vos que parece ser cierto que cada espacio que ocupas es el mismo. En la ventanilla del colectivo aplastas un lado de tu rostro mirando de reojo el movimiento de las cosas. Siempre escuchas música. Cuando andás en bicicleta también. Siempre estas arreglando los cables de los auriculares con un cigarrillo en la boca. Achinas los ojos por el humo. Arriba de la bicicleta te ves largo y con una mirada más a gusto. Alguna vez me contaste que encontraste las llaves de tu casa en la maceta del frente de la casa de tu amigo, en el medio de la calle o perdida entre los bolsillos de los abrigos que no usas.  Alguna tarde de domingo me pareció verte en el tren que va a Capilla y cuando te pregunté me dijiste que tal vez era cierto. Desde las sombras escuché que susurrabas que todo está en llamas o eso creí escuchar porque siempre me hablas como yéndote deprisa por entre medio de los árboles y vaya a saber por qué me encuentro en un bosque eterno.

Las esquinas en las que te veo quizás las imagino. Siempre me preguntas cómo te veo. Festejas mis detalles  con entusiasmo y seguís preguntándome sin confirmar o negar todo esto. En los accidentes y las virtudes, en la resolana de agua acumulada en las veredas, un ritmo de motor que se aleja, pasos que cruzan. Estiras tus brazos en un bostezo, acomodas tu ropa y levantas la vista hacia la ventana en la que me encuentro. Quizás logro observar como una mueca de sonrisa se anuncia en tu boca y en tus ojos, la claridad del reconocimiento. Levantas  un brazo como para saludarme pero con la curva ya no puedo verte y pienso que tal vez es sólo un deseo mío.

O quizás fue cierto que al verme bajaste del colectivo y al alcanzarme tomaste mi mano y me dijiste  que estaba bien, que  vos tampoco entendías del todo cómo es que palpitamos al nombrarnos. Que nada de lo que realmente decimos es cierto por miedo a reconocer las cosas que se nos escapan, que tejen su entramado de casualidades y gestos en cualquier espacio que siempre va a llevar a encontrarnos. Pero seguramente todo sea mi mareo o un capricho de ansias de drama, la perturbación necesaria de una personalidad afín a los desencantos de la esperanza, a una poesía fija en las cosas concretas. O quizás sea el ridículo de un sentimiento que no entiende de los caminos, que no sabe bajarse y pedir permiso, hay alguien que yo conozco y que quiero saludar.
Alguna vez me supiste decir que me viste caminando por la calle, cruzando veredas sin conciencia, llevándome puesta a la gente, comprando mandarinas. Juntando las cosas de mi mochila, arreglándome la ropa, prendiendo un cigarrillo. Siempre con la mirada perdida que hace que nunca puedas acercarte, como si apremiara realmente el tiempo de cruzar para llegar a algún lado. Mirando vidrieras. Corriendo colectivos. Abriendo paraguas.

Alguna vez supiste decirme que parecía que me daba cuenta y levantaba mi mano para saludarte, que se dibujaba una sonrisa en mi boca. Pero la luz de giro, la bocina corta, el semáforo en verde, las personas esperando del otro lado de tu vida.

Te dije que tal vez era cierto.

miércoles, 16 de enero de 2019

I. Fuego



Mi abuela solía contarme que se acordaba cuando de pequeña se le quemó la casa. Una llamarada tan grande. Indestructible. Una cosa increíble y devastadora. Todavía escuchaba como todo rechinaba con el gusto de sentirse derrotado. Como de vez en cuando el techo se iba desplomando. Las escaleras. Las paredes. Los vecinos decían que la había prendido fuego a propósito su padre porque sospechaba que la madre salía con otro hombre. Pero ella no lo entendía a esa edad. Simplemente su casa ardía para siempre junto con todo lo que podía recordar. Creo que nunca lo entendió del todo de todas formas. Mi abuela es cenizas ahora. O era.  Mi madre las tenía en un cofre en el jardín. No quería tenerlas dentro de la casa. Era gracioso verla por las tardes regando las plantas mientras le charlaba al cofre. Eso lo hizo hasta un día en el que se levantó y empezó a llenar cajas con objetos de diferentes tamaños. Ensimismada en la televisión, no supe bien qué cosas eran al principio, pero de vez en cuando me distraía el andar de mi madre desde el interior de la casa al parque de atrás. En un primer momento hacía los traslados con una disciplina rigurosa y lenta. Luego la dominó la impaciencia y ya no se molestaba porque entre todo perfectamente en las cajas. Después ya no le importó tirarlas así nomás, como le cabían en los brazos. Entonces fue cuando noté la pila de muebles, objetos, ropa. El sillón de papá. Su radio. Sus camisas. Sus trofeos. Sus medias y perfumes. Tan categóricamente padre y sin embargo no servía siquiera para quedarse echado y regañar. Eso decía mi madre mientras encendía una fogata de todo aquello.  Una llamarada tan grande. Indestructible. Una cosa increíble y devastadora.  Me dijo “traeme a la abuela”. Vació las cenizas entre las flores y echó el cofre al fuego antes de que los bomberos llegaran. Antes de que los vecinos llamaran a los bomberos. Antes de eso, pude ver como  todo rechinaba con el gusto de sentirse derrotado. Las cosas se tornaban blandas y absurdas.  Empapadas de fuego. Verde. Azul. Violeta. Rojo. Amarrillo. Rojo. Naranja. Rojo.
Aquel mismo año me dijeron que el corazón es el órgano que más se resiste a la combustión. Mientras el humo invadía nuestra casa, recordé al monje budista que se prendió fuego a sí mismo hasta morir.  Reducido a cenizas, su corazón no se quemó. Me sigo oliendo las manos y recordando aquello. Y lo recordé cuando cruzamos mirada y todo se prendió fuego dentro mío. Una cosa increíble y devastadora. Dos miradas que se buscaron y sintieron la vergüenza de sentirse expuestas, así, con esa brevedad de chispa que incendió todo. Todo era rojo. Amarillo. Naranja. Rojo.  Tu pelo. Tu rostro. La serenidad de tu concentración. La esperanza de la admiración plena.
Me pregunté entonces cómo mi abuela no pudo rescatar nada. Como  mi madre no quiso rescatar nada.
 En el este, los bosques se incendian en este momento.

II. Agua




Voy a buscarte. Te veo cruzar la vereda con ademanes de tropiezo. No esperas que los semáforos cambien. No crees en la razón de la espera. Casi tropiezo yo también por seguirte con la mirada. Voy a buscarte. Eso hago bien. Ir a buscarte, llevarnos a pasear. Creo recordar que alguna vez me dijiste que cuando hace frío y viento, el sonido de las hojas moviéndose suena distinto. En eso pienso mientras desvió la mirada hacia los árboles y dejo que te acerques. Nos abrazamos. Increíblemente en ese momento no tropezamos. Me acomodo la ropa, corro mi pelo detrás de las orejas. No entiendo cómo elegí lo que me puse. Manejo por las calles de los barrios, no importa si tardo más. Me gusta imaginar la vida privada dentro de todas esas casas, sobre todo si es de noche. Entonces me decís que te gustan las luces tenues de los veladores cerca de las ventanas que dan a la calle, el olor a salsa, escuchar algún instrumento sonando y nunca vislumbrar siquiera la sombra de una persona dentro. Te sonrío. Te digo tantas veces que estaba pensando lo mismo que ya no me animo a decírtelo. Elijo elaborar sobre la idea hasta que estacionamos. Caminamos hasta el río. Suenan nuestras latas al abrirse. Brindamos por esa calma necesaria. Por el horizonte de agua aunque esté oscuro y solo veamos puntitos luminosos, veladores encendidos en los barcos. Me contas que en tu niñez tenías un libro que se llama Boya. Una boya roja con una campana y un farol que vivía sola en el mar. Tenía por amigas a una foca y una gaviota. Me decís que era uno de tus libros favoritos. Que había algo en ese libro que siempre lograba conmoverte una y otra vez. Me decís que no crees ya tener ese sentimiento. Que todo te aburre demasiado rápido. Luego te quedas en silencio y recapacitas. Me decís que en realidad eso te pasa con las personas. Entonces quiero convertirme en una boya roja con una campana y un farol que ilumine toda la noche. Elijo decirte que no creo que sea así en realidad. Acaricias mi mano en agradecimiento y te paras. Me enriedo viéndote ir y venir por el anfiteatro abandonado. Quiero levantarme e ir a buscarte. No puedo. 
Me siento flotando. 
Pasa cerca de mí una chica en bicicleta. Una pareja paseando un perro. Un tipo con ropa deportiva hablando por teléfono. Tu voz me llega como un eco. Ya no vislumbro tu sombra.



III. Tierra




Tengo los labios curtidos, mi saliva no logra humedecerlos. La aspereza es cruel en los dedos. Preparo el mantel, los platos y los vasos. Ya no nos quedan cubiertos. Observo que las tazas también desaparecen. Todavía no oscurece y ya son las ocho. Llegas y me saludas con seriedad. Inmediatamente te das vuelta para ofrecerme una mirada de ternura. Terminas de preparar la mesa y nos sentamos a comer. Hablamos de mil cosas sin importancia. Usamos nuestras manos de forma exagerada, grotesca. En un breve instante en el que el silencio es posible, observo la bolsa de basura que cuelga de un armario. Está agujereada y chorrea. De pronto recuerdo que alguna vez me llevaste a una esquina que da a la Panamericana porque era tu lugar especial. Pero era temprano por la mañana. Nuestras bocas olían a alcohol. Mis medias estaban rotas. Volvimos otro día, tiempo después. Era la hora mágica. Compramos unas birras. Unos maníes chinos. Nos la pasamos bien observando la procesión de autos como barcos que dejaban una estela de cemento y tierra. Este recuerdo caprichoso quiere de pronto convertirme en una ficción apremiante. Porque de este silencio de bolsa chorreando, de manos que quieren hacer desaparecer silencios, espero que nos podamos decir algo más. 
Me levanto de la mesa. Voy al baño. Paso por la habitación. Acaricio las sábanas que estiramos por la mañana. Te escucho lavar los platos. Camino hacia el living, enciendo el velador. Me acerco a la ventana. De la calle me llegan unas risas. Puertas de autos abriéndose. El motor que se aleja. De algún modo sé que se termina de esta manera. Con los mismos sonidos, los mismos colores. Metiéndonos dentro de las sábanas. Abrazándonos la piel. Levantándonos por la mañana. Yendo a trabajar.
Son las diez de la noche. El cielo está parcialmente nublado. La humedad es del cincuenta por ciento.

IV. Aire


Subo las escaleras concentrándome en la distancia de cada escalón. Me corro el flequillo porque me da calor. Huelo en mis manos el óxido de la baranda. Me abrís la otra puerta, la que da hacia dentro. Me siento en el sillón con la urgencia de querer situarme junto a los objetos que te rodean. Observo tus movimientos al dejar las llaves en la puerta, acomodarte la remera, correrte el pelo detrás de las orejas. Te observo mirar el piso, pensar una frase para disculpar el estado de tu casa. Salvo esto último, pienso que lo que observo son todos tus movimientos cotidianos. Me alegro sonriendo levemente. Eso te hace ruborizar. Disimulas sentándote en la silla del escritorio, preguntándome qué me gustaría escuchar. No esperas respuesta. Me decís, tenes que escuchar esto, es todo lo que está bien en el mundo. Yo te digo que vos sos todo lo que está bien en el mundo y te pregunto si te acordás de los besos detrás del sillón o de la vez que abrimos nuestras bocas y nos salieron sombras largas y densas, y de cómo todo eso fue luz también. Me ofreces un mate, me mostrás la planta que cuidas, la que no sabemos el nombre pero que vive a pesar de todo. Un cuadro impresionista decora tu baño. Tu cuarto desde las tinieblas invoca una tranquilidad fresca. Dejo a mis dedos pasear por las paredes mientras me pregunto cómo llegará el sol por las mañanas. Te pregunto si te acordás de los tachones en tus notas, de los libros que arreglaste con cinta, de la vez que me contaste que lloraste o cuando nos abrazamos cayéndonos por las escaleras. Me ofreces otra cerveza. Te prendes otro cigarro. Junto las migas que quedaron. Voy a la cocina y busco el tacho. Miro hacia afuera a través de la ventana y escucho como el grillo invita a la noche. Buscas las llaves. Te digo que las dejaste en la puerta. Mientras bajamos, te das vuelta tomando coraje y me preguntas si yo te quería decir algo. Te digo que solo quería saber cómo estabas. Le sacas tensión a tus hombros mientras una ráfaga de viento golpea la puerta que da hacia adentro. 
No te preocupes, pasa todo el tiempo.
Recibo tu abrazo a través de la reja que se cierra.








jueves, 5 de julio de 2018

Tríada



Una  desidia / una circunstancia / un pasaje / me recibe entera /juzgada por las sombras / que en silencio dictaminan / el correr de una tarde / las puestas del sol / a la velocidad del vértigo 

I. Fauna

Con el galope
de las sombras
entro en la noche. 
Los troncos inmensos
asientan la tierra
y yo corro 
porque hay luz plateada
que me ampara.
Tan rápido recorro 
los espacios danzando,
atraída 
por el olor del fuego.
Más allá 
las olas arremeten
y nos prestan el viaje
para acercar la voz
de los que tienen
un corazón pesado.


II. From you the flowers grow 

Dulces las cosas
que aprendí de vos.
Imperceptibles
y olvidadas
en mi extraña memoria
hasta que
la marea
las trae de nuevo
y se sienten
frescas en los pies
como después de
esperar el verano
todo el año.
Agarrá 
un disco cualquiera
y vas a ver
que todos 
los séptimos temas
te van a decir
algo más
que los otros.
Y te creí porque 
era tan cierto,
y quise quedarme
a esperar
como la arena mojada
enterraba mis pies,
quise quedarme
a esperar
si era cierto
que podría
desaparecer
si tan solo
me quedaba
ahí
quieta
como si
hubiese sido posible
alguna vez,
en esta línea 
de circunstancias,
realmente,
un momento
de quietud
entre nosotros.
Maravillosas
las cosas
que aprendí 
de vos.

III. Dedicatoria eterna

Un poco más cerca
de la tierra que vibra
un eco quiere llegar
limpio y claro.
Me dijiste
que son los muertos
que se dan ánimos,
asegurándose
que no es más que
una locura
en la que todos
tenemos algo que contar.
Me dijiste
que no es más que
otra circularidad
que funciona
con los sentidos afines
a nuestra nurtura.
Y que cuando la noche
cierra sus ojos,
todo lo que cruza 
el umbral
se transforma
en ese eco titilante
que se vuelve a incendiar.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Escritos en lápiz

Por qué la disciplina,
por qué el apuro.
Qué nos hace ser escritores,
escribidores,
fantasmas del tiempo.
Será cierto que 
cualquier momento
nos permite
una perspectiva del todo?
Hablaría como 
verdadera escritora
si me la creo?
O como afirman muchos, 
esto de que si no sale 
de tus entrañas, 
eyectado como sangre
de cualquier herida rabiosa.
Si no empuja,
patalea,
se esfuerza por ser
luz enceguecedora.
Valdrá la pena
las páginas,
las noches,
la acumulación
de palabras leídas,
de conocimiento 
ingerido con ansias;
o se trata 
de una gran puesta en escena
en un restaurante elegante
en el que fingimos
atragantarnos,
el abismo 
por el que caemos
cada noche?
Se torna incierto,
inseguro,
se nos sube la sangre,
nos late 
todas las venas del cuerpo
y pensamos que tal vez
todo esté más allá
del azul
más azul que el mar
que el rojo
más rojo que la rosa,
o en el medio de la muerte
de todas las palabras,
allí donde te indican
que no te detengas,
que no escarbes
en la médula retorcida,
en la ausencia de párrafos
para simplificar nuestra vida.

Bastará?
Bastará con explorar
la creatividad,
leer los consejos 
de aquellos que se organizaron
en sus propios métodos
para poner en palabras
sus propias sombras y clamores.
Bastará 
con el simple deseo,
el llamado que le queremos 
hacer al mundo:
estoy acá
abracémonos,
démonos un beso,
compartamos una tarde juntos.
Bastará 
con las cosas inventadas,
con el espacio limitado
de esta hoja
en la que escribo
la textura
el amontonamiento.
Bastará
con mi experiencia,
con el detalle,
con la anticipación
de los desastres esperados.

Qué 
me 
impulsa
querer
que 
me 
lean.

La
voz
se
pronuncia
escritora.


La inspiración flota
en las melodías
de cualquier ruido,
se acurruca
entre los asientos
de la vuelta a casa
camino al olvido
camino al encuentro.
Cuando odio
cuando amo
cuando le hablo 
a una amiga
sobre cómo están las cosas
y qué dijo 
alguien más al respecto.
Y está
en la atracción
hacia el invento,
en la duda 
de no saber
si el portazo lo inventé
para las líneas
o si fue real
e igual se encuentra plegado
en cualquier historia
que pueda contar.



Suenan las hojas
que se pasan
y se detienen
en todo lo que está dicho.
Otra vez
aprieto mis dientes,
muerdo mis uñas,
enmaraño los pensamientos;
acumulo 
escritos en lápiz
entre mis cuadernos
de flores y jardines.
De igual forma 
lo sé:
soy poeta,
condenada a ello,
y se siente muy bien. 


martes, 22 de agosto de 2017

Smash


The wait
of the irrational man
who
hasn't been there
hasn't done that.
He glances around
tense
and uneasy.
Irrational thoughts
crowds him
as he disperses
and reassembles
like mosquitoes.
And smashes
and crumbles
like stellar visions
of things
only happening
in his mind.
Not modern
Not romantic
Not even epic,
slowly drifting apart
from everything
into nothingness.
Could you miss
someone missable,
could you stand in the coldest night
waiting for the untouchable,
the forgettable
unfathomable reasons why -

lunes, 6 de marzo de 2017

Intervención


Pre -

Una gran mancha negra habita mi cuerpo.
Estoy triste y me duele.
Prevert me habla de la sangre del mundo y Poe me advierte que vivimos en un sueño dentro de otro sueño. 
Yo ya dejé de llorar, porque todo pasa, y dejé de buscar consuelo en la noche, porque ya me lo ha dado. 
Quisiera que la molestia se vaya, pido entonces perdón a mis entrañas por no escucharlas.
Una gran mancha llena de la sangre del mundo habita mi cuerpo y eso a la tierra le importa un bledo.
Necesito la paz, necesito dormir.
Ahora debo sanar.



Post -

La ventana de la escalera en mi casa se llena de dedos de todas las veces que subo y bajo, teniendo que tantear algo que me sirva de soporte para llevar este cuerpo por momentos ajeno, si no fuese porque el dolor me acompaña siempre para recordarme que todo es parte de lo que me constituye. 
Me abrieron, me sacaron un quiste sideral del ovario. 
Soy puro moretón y puntos, sensibilidad y dureza.
Camino, torpe como siempre, pero transformada, más consciente de lo frágil que es ser fuerte, de la importancia de la compañía, de ver los rostros que uno quiere y que te tienden la mano, y que sepas que están ahí para recordarte que sos más fuerte de lo que pensas. O como diría Herman Hesse "el amor no existe para hacernos felices sino para mostrarnos cuánto podemos resistir",
Y como el animal Tierra que describe Cortázar, si yo tampoco estuviera desde siempre en el pulmón de acero astral, me asfixiaría en esta lenta inmovilidad que me da la condición de recién operada.
Aún cuando dentro mío todo es revolución, acomodamiento, volver a reactivar fuerzas y unir más allá de la hinchazón y lo percudido, unir la carne, el alma, unirme entera.
Invito al silencio que me sana, pero todavía no entiendo al silencio en mi mente. 
Es verdad que me siento fea y ultrajada, vulnerada con un consentimiento casi absurdo. Y pensar que lo peor y lo mejor sucedió como en un brevísimo instante en el que me dijeron : "¿vamos a dormir, Flor?", y yo cedí como quien cede al sueño viajando en colectivo, y al cabecear se despierta pensando cuándo sucedió aquello, sintiendo que la inconsciencia solo duró unos segundos, pero también una eternidad. 
Es verdad también que todavía no entiendo bien lo que siento, generalmente pienso que todo va a estar bien muy pronto o que tiene que estarlo, porque la vorágine de este mundo te lleva también a eso, a acortar los momentos de duelo, de calma. 
No es tan fácil darse cuenta que el mundo sigue sin vos, que si no te apuras hasta los sentidos se te adormecen de esa vida tuya que era antes de todo esto, y que casi nadie de todo ese mundo de vida en sociedad va a correrse un poco del camino para contemplar la pausa un instante y tenderte una mano, una caricia. A tal estado llegamos sin escapar que cuando vuelva a correr y girar con la misma velocidad, haciendo mover el engranaje de cosas, la maraña de sentidos y configuraciones que creamos cada día, quizás en ese momento contemple todo esto como una ilusión demasiado real, una anécdota que deja una cicatriz visible, y miles que corren por dentro. 
Yo prefiero pensar que mis sentidos puedan estar en constante estado de alerta y entendimiento. Entonces busco la palabra porque es mi forma de expresión entera, y la sigo buscando, como ejercicio de la reflexión, de forma azarosa en las páginas de los libros. Confío en que son tan certeras las palabras  para lograr que a cada uno le genere verdades, configuraciones nuevas que les hagan parar un poco, aunque sea, a tomar una bocanada de aire. 
Prevert una vez más me dice : 

Allí donde estás 
Allí donde estuviste antes 
Quédate 
No te muevas 
No te vayas 
Nosotros los que somos amados 
Te hemos olvidado 
Pero no nos olvides tú 
Sólo te teníamos a ti en el mundo 
No permitas que nos volvamos indiferentes 
Cada vez mucho más lejos 
Y desde donde sea 
Danos señales de vida 
Mucho más tarde desde el rincón de un bosque 
En la selva de la memoria 
Surge de repente 
Tiéndenos la mano 
Y sálvanos



jueves, 16 de febrero de 2017

Las líneas del ejercicio



Hace casi dos años perdí un disco de mi computadora con años de cosas escritas. Hoy, revisando cuadernos, me reencuentro con poemas, comienzos de cuentos, borradores y reflexiones que fui recopilando en papel. Me sorprendí de leerme como si fuese ajena a esas palabras que alguna vez escribí y eso me gustó; me gustó la calidez que me generó.
Comparto unos poemas cortitos que encontré, tipeados en una vieja máquina de escribir ...


I.

No queres ver lo que te digo
estamos hartos
de la vida eterna

                                            hartos de desesperar
                                                                           ilusiones

II.

Es de mañana
el azúcar está húmedo
mis ojos son dos gotas
 que aún saben a hinchazón

                                          voy a buscar las ropas
                                            que me dejé en el sueño



III.


me echan agua en la cara
como si quisiera reaccionar
y me advierten que si sigo andando bajo la lluvia
me voy a mojar

 no entienden que la lluvia solo es el ruido
de las gotas royendo el tejado
                         y nada más

                                                       las líneas del ejercicio .

domingo, 27 de noviembre de 2016

Beating and pounding

                                                                     To Griselda, a vibrant inspiration



Every thought
written
to be forgotten
Every ball of yarn
back 
to its origin.
“You’re an artist
I’m a performer”
said she
to me,
but I dare to be a poet
without naming it.

So this is it
a bunch of 
"perhaps"
and shouting “yes”
And what remains
in the sigh
is the unpredictable word
that sets the circle
in motion,
until something breaks it.

Can you stare 
at the moon
and not really recognize it?
Leaves fall down
howling
but I pay attention to
the bees 
buzzing
around linden trees.
They alone
make a poem
with images
beautifully arranged,
with adjectives
fitting together
like puzzles,
and falling 
like dominoes.

Love 
the way you dispose words
like flower bouquets
especially chosen 
because of their colours.
And that is all
what people usually
have to say to me.
You,
the romantic sort of poet,
author 
of your own feelings -
A full time
anxious.

Crush me, then
bend me,
I’m an artist
completing the circle

and breaking it. 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Hogar

Enajenada a las cosas
cambio piel por ojos,
busco un golpe en la puerta
que desate caos.
En la otra habitación
se mueven las cortinas,
se arman las palabras
hasta colapsar la lengua.
Me olvido
del color de mi nombre.
Azul azul
eureka azul.
No recuerdo
el día que hundí
la carcajada en la pared
esperando que esta casa
me sepulte
de la manera más absurda,
una deconstrucción
de cimientos roídos
por el odio de las personas
que construyen
muros en sus camas,
de sábanas
de agujeros negros.
Atontada de lucidez
encuentro,
entre los pliegues de luz,
el sol de la mañana
o la expresión amanecida
de una noche larga.
Nos llaman a comer
como cuando niños;
yo observo,
cómplice,
el espectáculo de cada día.
Y es esta estaticidad
virulenta
fiel adormecimiento
que nos arrastra hacia la mesa
en la que las manos ya no comparten
no los cuerpos dicen verdades.
Vuelvo luego
nadando por las escaleras
hacia mi habitación
de mujer niña
creyendo que tal vez
salga de este abismo
de esta invasión de otredades
en la que ahora
soy madeja
y mañana
imposibilidad.
Otra vez
la ropa planchada,
la estufa en su temperatura justa.
Me observo en el espejo,
con mis uñas
rasco las paredes,
Tan así será
enajenada a las cosas
atontada de lucidez.











lunes, 18 de abril de 2016

de corazón a corazón



El primer renglón
de una sinfonía certera
cuenta tiempos,
tiempos que se hacen recuerdos.

Las ventanas insisten
en un cielo gris
mientras los aviones 
siguen pasando
en un loop rutinario.


Cuántas veces,
cuentan canciones.
Cuántas tardes
para construir recuerdos.

Que no me venza el olvido,
cuento tiempos.

Pero ahora
que no espero nada,
le escribo 
al momento perfecto,

un instante 
que se une al otro, 
que se adjetiva simple,
que pide permiso
como las baterias en Bill Evans,

como la noche
a esta tarde
que fue todo el día,
traída en una luz tenue
que nos demora
en el silencio 
de palabras.

Sólo la voz 
dentro nuestro
inunda este departamento.
Sólo el roce
de nuestras pieles
acariciándose,

cuántas veces
cuántas canciones.

Desde el suelo
hacia los sillones,
la cama,
con medio cuerpo fuera
y un viento rebelde
que nos tiene deseando
la lluvia,
el ruido del agua
al caer.

Cuántas caídas,
ya sabemos caer.

Todos los ángulos
me ofrecen 
la misma visión.

desdedentrohaciaafuera
desdeafuerahaciadentro

de corazón a corazón


Roza una mueca,
la abrazamos con ternura.
Tan audaz
esta comunicación de complicidades.
Tan certeras 
nuestras pluralidades,

nos nadan envolviéndonos.

Cuántas veces cuántas canciones.

el primer síntoma de la desaprensión,
comparecer ante sus ojos
sin claudicaciones
sin escuchar razones ni caprichos

Al fin de cuentas
también somos
aquello a  lo que nos abandonamos
aunque sea por un rato,
un viento volátil
que mueve las hojas
y las ayuda
a caer viajando.













martes, 16 de febrero de 2016

Consonantes

Es la hora
en la que todos
se despiden
y vos
dejas los apuntes
sobre el escritorio, 
una razón 
para ir a la cocina
y no pensar
en el cuchillo.
El café 
está preparado
de un día
después de anteayer,
sabe a un día 
con diferentes
consonantes. 
La cuchara 
remueve la nata;
muesca de asco
y azúcar, 
como el ritual
de ponerte cómoda
de vuelta al útero
de la madre
de la sábana 
de la desnudez.
Si no se vuelca, 
algo siempre queda
en la taza,
y así pretenden
leerte el futuro
de migajas recortadas
de los recuerdos
y de aquello
que nunca terminas
de tragar.

Las gotas 
que recorren 
tus mejillas
ya me parecían
que tenían
gusto a café.